Quinto Elemento
No. 6
por Luis de Llano Macedo
El cordón de plata.
27 DE JULIO DE 2020
Desde principios de la semana la imagen y la noticia se ha visto replicada en diarios y redes: El cometa “Neowise” con su plateada cauda podrá ser apreciado a simple vista en todo el hemisferio norte de nuestro planeta del 13 al 26 de julio, y este hecho es algo insólito en nuestros tiempos, pues sucede cada 6,800 años.
Por supuesto, este acontecimiento astral podría haber dado lugar a que este 2020 pudiera haber sido bautizado como “El año del cometa”, título ya utilizado para una película dirigida por Peter Yates en 1993, o un disco homónimo de Miguel Ríos, pero el temible virus que sigue asolando a la humanidad ha tenido más trascendencia que el luminoso meteorito, y este 2020 será recordado como el año de la pandemia.
La aparición de los fenómenos meteóricos ha tenido histórica y culturalmente un halo de misticismo, por ejemplo: En la mitología mesopotámica se habla de “La epopeya de Gilgamesh” y la llegada de un cometa que provocó el diluvio universal; para los oráculos romanos el asesinato de Julio César fue marcado por la visión de un cometa de fuego; para muchos investigadores “La estrella de Belén” que marcó el camino de los reyes magos hacia el lugar del nacimiento de Jesús era el cometa Halley; y para los Aztecas la aparición de un cometa en tiempos de Moctezuma Xocoyotzin fue el funesto presagio del “ocaso de los dioses” y la caída de la Gran Tenochtitlan; pero este suceso no impactaría únicamente al continente americano en aquellos días, pues la visita del Halley sería calificada de funesta e incluso el Papa Calixto III excomulgaría al cometa por sus diabólicas secuelas en tiempos de la Europa oscurantista medieval.
Quizá todos estos acontecimientos sean producto de una insólita coincidencia o tal vez obedezcan a un conocimiento que tiene que ver más con lo astrológico que con lo astronómico, pero el hecho de que este cometa del 2020 se llame “Neowise” o “Nueva sabiduría” me provoca una cierta nostalgia por aquellos días en los que tuve mi primer acercamiento a la “sabiduría ancestral” de origen tibetano y resultó ser una “nueva sabiduría” para occidente, y les platico mi anécdota:
Los primeros años de mi vida estuve bajo el cuidado y educación de mi abuela Julia Guzmán, escritora, dramaturga y un ser muy adelantado a su época; y recuerdo muy bien que a diferencia de los niños de aquella época, a quienes sus padres y abuelos les contaban cuentos de hadas, princesas, brujas y dragones, mi abuela me leía pasajes del recién publicado libro “El tercer ojo” de Lobsang Rampa, la historia de un jovencito y su iniciación en un monasterio tibetano en donde nos comparte los secretos de la espiritualidad budista y los viajes astrales a través del “cordón de plata”, un hilo de energía que nos enlaza con este mundo y el otro, representando la parte divina de nuestro ser.
En aquel entonces, finales de la década de los 50, de seguro no alcanzaba a entender la profundidad del concepto “viaje astral” o “tercer ojo”, pero sí tengo muy presente imaginar que podía separar mi mente de mi cuerpo y ver paisajes ultraterrenos, lo cual marcó más adelante mi adolescencia, así como sucedería con los jóvenes de mi generación en quienes haría eco esta súbita irrupción de conocimientos ancestrales, ocultismo y espiritualidad que literalmente hicieron implosión en el espíritu juvenil de los sesenta y setenta, influenciados por la ingestión del soma en “Un mundo feliz” de Aldous Huxley, los experimentos lisérgicos de Timothy Leary; las teorías de los astronautas ancestrales de “El retorno de los brujos” de Jacques Bergier y Louis Pauwels; “Recuerdos del futuro” de Erich Von Däniken; “Las enseñanzas de Don Juan” de Carlos Castaneda y muchos autores e investigadores que llevaron la experiencia esotérica y astral a convertirse en más que una moda o tendencia, en una doctrina casi religiosa para la juventud hippie de aquella época de búsqueda de una realidad alterna en oposición al rigor del método científico y el materialismo occidental.
La mitología del rock documenta que el 16 de febrero de 1968, Paul McCartney, John Lennon, George Harrison y Ringo Starr, junto a un séquito de acompañantes compuesto por novias, amigos y otros artistas como Mia Farrow, emprendieron un viaje de retiro a Rishikesh, en el norte de la India en donde este “empujón espiritual” cambiara su percepción de la vida y la muerte, y en el plano musical esta búsqueda de un “Magical Mistery Tour” se ve presagiada en la primera frase del icónico tema “Strawberry Fields Forever” que dice “Vivir es fácil con los ojos cerrados".
Desde Walt Disney hasta Jim Morrison, pasando por Mick Jagger, Bob Dylan, Peter Townshend o el mismísimo Tim Leary (“el hombre más peligroso del mundo”, como fue catalogado por Richard Nixon) visitaron la Sierra Mazateca de Oaxaca para experimentar la sabiduría chamánica de María Sabina y viajar introspectivamente a otras dimensiones ayudados por los “niños mágicos”; y se dice que John Lennon viajó a Oaxaca pues María Sabina platicó alguna vez que: “En una ocasión vinieron a mí un señor rubio y una señora de aspecto oriental, me pidieron un ‘viaje’ a lo cual accedí, nos pusimos en trance durante algunas horas y después de la meditación, él se me acercó y me dijo en perfecto español: ‘Gracias, he visto mi muerte en este viaje’, me escribió una nota y encima dejó algunos dólares en la mesa”.
Nadie puede afirmar ni tampoco negar que Lennon “viajara” en aquellos días, lo que es innegable es la influencia psicodélica en la última etapa de los Beatles, y que de alguna manera a Yoko Ono se le atribuya el desencuentro y posterior separación del cuarteto de Liverpool, y quizá ese velado rencor contra lo oriental terminaría por apaciguar la ola del espiritualismo psicodélico de los hippies. Finalmente, ni Lobsang Rampa se vería inmune al descrédito, pues se descubrió que nunca fue al Tibet, ni fue monje, de hecho sus detractores pusieron al descubierto que Lobsang Tuesday Rampa no era la reencarnación de “El médico de Lhasa”, sino que en realidad el escritor se llamaba Cyril Hoskin, de oficio fontanero, nacido en Plympton, Inglaterra, en 1910, el año en que el cometa Halley visitó nuevamente la tierra. ¿Otra curiosa coincidencia, no lo creen?
El hecho es que más allá de teorías esotéricas, este “cordón de plata” impulsado por los escritos de Rampa transportó el misticismo oriental hacia occidente, y sigue uniendo eras y generaciones; para muestra de ello en nuestros días el Yoga, ese gran regalo de India para el mundo, ha sido redescubierto y ahora es practicado por millones de personas, aunque a partir de los años 80 se popularizó en occidente como una forma de ejercicio físico fusionándose con la gimnasia sueca.
Y hablando de fusiones y redescubrimientos, sin lugar a dudas, California fue el epicentro del hipismo y este legado se ha visto perpetuado en el Silicon Valley un vasto territorio californiano que integra a varias ciudades, como Palo Alto, Cupertino, San Rafael o Mountain View, y es ahora considerado la meca de la revolución tecnológica del tercer milenio; pero aunque resulte contradictorio, el espíritu que generó la creación de la red de redes fue precisamente el concepto de “comuna hippie”, que llega como herencia de esta primera generación de hijos del flower power que ingresan a la Universidad de Stanford, institución con una gran tradición contracultural, y que al paso del tiempo, se convierten en los creadores de los emporios de la era puntocom, como: Xerox Apple, Microsoft, Adobe, Yahoo!, Amazon o eBay.
Quizás no resulte tan conocido, pero genios cuya aportación resultó trascendental para la revolución Silicon Valley, como Fred Moore, Doug Engelbart o Steve Jobs declararon alguna vez que en su temprana juventud, además de llevar el pelo largo y compartir sus logros en forma comunal, se la pasaban muy bien disfrutando del viejo deporte californiano del “sex & drugs & rock and roll”, y por su parte Jobs también viajó a la India y experimentó con LSD para “ampliar su conciencia cósmica”.
La idea del “software libre”, la “democracia digital” y la “libertad de tu avatar en planetas virtuales”, es como un paraíso hippie versión 2.0, y en nuestros días no es raro conocer que Bill Gates, quien hace 5 años predijo la pandemia que hoy sufrimos, practica asiduamente el yoga y sin lugar a dudas cree en el poder energético de los “chakras” y la vibración cósmica que está alterando en estos tiempos pandémicos nuestra capacidad de resiliencia ante el virus. Y en eso, pienso que tiene razón, pues la “mala vibra” o la “buena vibra” afectan de alguna manera, nuestra capacidad de ser inmunes a los factores internos y externos que nos impactan como personas y como entes sociales.
En forma personal a mí me parece que la Big Data, el espacio etéreo donde navega toda la información digital planetaria, es de alguna manera la representación material de la ancestral visión de una “consciencia cósmica o divina”, cuya conceptualización data de 1901, año en que el psiquiatra canadiense Richard Maurice Bucke expuso que “es una forma de consciencia superior a la del hombre común”, y sus seguidores abundaron al respecto afirmando que esta consciencia está en el todo, y al ser nosotros parte de este todo universal, este gran conocimiento no tiene que descubrirse, sino simplemente reencontrarlo en nosotros mismos, pues “como es arriba es abajo, y como es afuera, es adentro”, lo cual nos lleva una vez más al concepto espiritual de las religiones ancestrales.
El punto es qué quizá la idea de que el paso de los cometas por la tierra de alguna manera son “marcadores cósmicos” que anuncian tiempos de cambio, no sea tan solo una creencia producto de los atavismos ancestrales y las secuelas que provoca en nosotros como seres vivos, sí genera un cambio en nuestra forma de ser, actuar, pensar y “vibrar”.
Hace unos días el escritor hispano Daniel Innerarity publicó “Pandemocracia: Una filosofía de la crisis del coronavirus” y entre otros temas expresó que el COVID 19 ha puesto al descubierto que somos una sociedad petulante y profundamente egoísta y necia, pues “Detrás de muchas decisiones equivocadas había más ignorancia que falta de resolución, y la crisis del coronavirus es uno de esos acontecimientos que no se pueden comprender ni gestionar, sin un pensamiento complejo que nos exige una nueva manera de pensar la realidad”.
Creo que el filósofo español tiene mucha razón y ha llegado el momento de repensar y repensarnos como sociedad, pues estamos tan aterrorizados por un virus imperceptible a simple vista, pero tan letal en todos los sentidos, que dejamos pasar de largo un cometa que tardará miles de años en aparecer nuevamente y somos privilegiados en que este evento cósmico ocurra durante nuestra estancia en esta tierra; tenemos un grado de adicción tan grande a la data digital sintética que se nos olvida que la mayor sabiduría está ahí, a ojos vista, en ese “quinto elemento ancestral” que vincula a lo humano con lo divino, el cual durante siglos y milenios nos hemos negado a aceptar y comprender en aras de la ciencia y no de la consciencia.
Para terminar, quiero compartirles una reflexión algo esotérica, pero muy relevadora en estos tiempos de incertidumbre, entre virus y cometas: “Todas las discusiones filosóficas y científicas son versiones sofisticadas de niños gritando “es así!”, “no es así!”, “qué si es así!”, qué no es así!”. Hasta que se dan cuenta de la tontería, y se acuestan a reírse en el pasto. Toda gran teoría pasa de moda, todo gran descubrimiento se vuelve viejo”. Y yo me atrevería a decir que todo problema tiene solución, todo lo que principia llega a su fin, y entre la aurora y el ocaso, en el camino se extiende el cordón de plata.
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